La prestigiosa revista británica Time Out eligió al Parque Nacional de los Picos de Europa como el lugar más bonito del mundo.

 

¿Por qué este rincón del norte de España es oficialmente el lugar más bonito del mundo?

A los que nos apasiona viajar se nos llena la boca hablando de los atardeceres en el Big Sur de California, de la mística del Himalaya o de la naturaleza salvaje de las islas de Komodo. Buscamos la belleza en la otra punta del mapa sin darnos cuenta de que, a veces, el paraíso está a la vuelta de la esquina. La revista Time Out acaba de publicar su esperada lista con los destinos más espectaculares del planeta y, para sorpresa de muchos (pero no de los que conocemos bien el terreno), el primer puesto se lo ha llevado el Parque Nacional de los Picos de Europa.
No es para menos. Este rincón del norte de España tiene una geografía casi milagrosa. Imagínate una muralla de montañas gigantescas, con picos de más de 2.500 metros de altura, plantada a tan solo veinte kilómetros del mar Cantábrico. Esa brutal cercanía hace que puedas desayunar viendo cómo rompen las olas en las playas de Llanes o Ribadesella y, apenas una hora después, estar caminando entre desfiladeros calcáreos y cumbres que tocan las nubes. Ese contraste tan radical no se encuentra en casi ningún otro lugar de la Tierra.
 
El corazón del paraíso: Cangas de Onís, La Santina y los Lagos
Si hay una zona que concentra toda esta magia, es el eje que forman Cangas de Onís, el Santuario de Covadonga y sus famosísimos lagos. Es el verdadero corazón latiente del parque.
Tu puerta de entrada va a ser siempre Cangas de Onís. Es un pueblo con un ambiente espectacular, lleno de vida y con una estampa que se te queda grabada en la retina: su precioso Puente Romano. Aunque en realidad es medieval, ver la réplica de la Cruz de la Victoria colgando sobre las aguas cristalinas del río Sella es una de esas fotos obligatorias que justifican cualquier viaje.
Siguiendo la carretera hacia arriba te topas con Covadonga, y ahí la piel se pone de gallina. No importa si vas por motivos religiosos o puramente estéticos; la energía del lugar te atrapa. La Santa Cueva, con la Virgen (la querida "Santina") encajonada directamente en la roca viva mientras una cascada ruge justo debajo, parece sacada de una novela de fantasía. Al lado, la basílica de piedra rosa emerge entre la frondosidad del bosque verde como un imán para las miradas.
Pero el viaje hacia el cielo sigue subiendo por una carretera de curvas imposibles hasta llegar a los Lagos de Covadonga. Cuando llegas arriba y ves el Enol y el Ercina, dos espejos de agua cristalina rodeados de montañas inmensas donde las vacas pastan a su aire, entiendes perfectamente el premio de Time Out. Si tienes la suerte de pillarlos un día de neblina baja, la atmósfera se vuelve tan celta y mágica que el tiempo parece detenerse por completo.
 
Un homenaje al paladar: comer en los Picos
Un viaje a los Picos de Europa estaría incompleto si no se disfruta con el estómago. La gastronomía aquí no es solo comida, es una forma de cultura y de hospitalidad. Tras una buena caminata por la montaña, no hay nada como sentarse en una sidrería tradicional de Cangas de Onís a devorar una fabada asturiana de las de verdad, con su compango casero que sabe a gloria, o un buen cachopo crujiente. Todo ello, por supuesto, regado con sidra natural escanciada al momento.
Y el broche de oro lo ponen sus quesos. Esta tierra es el templo de joyas queseras como el Cabrales o el Gamonéu, este último madurado en las propias cuevas de los pastores de los Picos de Europa. Tienen un sabor intenso, salvaje y auténtico que te cuenta la historia del paisaje en cada bocado.
Al final, el reconocimiento internacional a los Picos de Europa no es por ser el lugar más lujoso ni el más inaccesible, sino por ser el más auténtico. Es un sitio que sigue oliendo a leña, a hierba mojada, a mar y a tradición. Un paraíso natural sin filtros que, por fin, tiene el título mundial que se merece.